La soledad en la vejez

 

 

 

La escritora española Carmen Martín Gaite refleja bien en el anterior fragmento la necesidad de las personas de vivir en comunidad como elemento imprescindible para el bienestar emocional. Y a pesar de que esto es un concepto extendido a nivel social, en la actualidad el sentimiento de soledad se ha llegado a convertir en un problema que afecta a un porcentaje elevado de personas y más específicamente de personas mayores.

Desde pequeños, las personas creamos vínculos afectivos con las personas de nuestro entorno  con el fin de comunicarnos con ellos y de este modo atender no solo nuestras necesidades básicas (alimentación, aseo…) sino también nuestras necesidades emocionales y de realización personal y social. En concreto, la participación social de las personas en diferentes actividades comunitarias previene el aislamiento al fortalecer las redes de apoyo y al sentirse integrados como parte de la sociedad. Esto es sencillo en algunas etapas de nuestra vida pero se va complicando a medida que envejecemos, puesto que, de pequeños al vernos “forzados” a estar en comunidad (colegios, actividades extraescolares, campamentos, clubs….)solemos crear vínculos facilitados por la exposición diaria con personas con las que compartimos dichas actividades, mientras que al ir creciendo, con el aumento de responsabilidades, muchas personas dejan de participar en actividades sociales y de ocio y por tanto van cerrando sus círculos de contacto. Este constituye uno de los motivos por los cuales las personas van perdiendo contactos y aislándose al envejecer convirtiendo esta situación en un problema de salud pública que debemos prevenir fomentando la participación y la convivencia intergeneracional.

 

 

Por tanto, el primer punto clave se encuentra en el compromiso activo con actividades que impliquen entornos sociales (talleres de actividades, centros socioculturales, clubs de lectura, grupos relacionados con aficiones como la pesca, la costura, los deportes, los debates o cualquier afición personal comunitaria) que permiten ampliar y mantener los vínculos afectivos con otras personas y establecer relaciones clave para protegerse del sentimiento de soledad y no aislarse.

 

El segundo punto clave a intervenir es el relacionado con el cambio de los modelos de convivencia familiar que han generado que el número de personas mayores que viven solas sea cada vez mayor, buscando la autonomía y la intimidad que proporciona “estar solos” pero con el problema de que en ocasiones esto se transforma en “sentirse solos”. Con esto queremos resaltar la diferencia entre la soledad elegida y la soledad sufrida, ya que los perjuicios no se deben al hecho de vivir solos, quien física y socioeconómicamente pueda permitírselo, sino al hecho de que con el declive orgánico paulatino característico de la vejez  es necesario poder contar con una red de apoyo, siendo esto de especial importancia para todos aquellos casos de personas que además estén cuidando de algún familiar enfermo.

 

 

A modo de conclusión es importante entender que no todas las personas son iguales, ni tienen los mismos intereses, por eso no hay una solución mágica para prevenir la soledad más que el simple hecho de que cada uno se implique en las actividades SOCIALES que le interesen. Es decir, no todo el mundo va a querer participar en un club de lectura, pero es que la clave no es la lectura sino el concepto de club, un espacio en el que relacionarnos con otras personas, establecer vínculos sociales de calidad y ser felices.

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